El Control de Armas en Japón

Por David B. Kopel

Translation of Mr. Jesús Troncoso, member of the Asociación Nacional del Arma (A.N.A.) of Spain

El artículo original: Japanese Gun Control, 2 Asia-Pacific Law Review 26 (1993). In English: more by Kopel on Japanese gun laws.

I. Introducción

En Octubre de 1992, en Louisiana, un estudiante de intercambio japonés llamado Yoshihiro Hattori se metió en la casa equivocada cuando se dirigía a una fiesta de Halloween. La esposa del propietario de la vivienda gritó pidiendo auxilio; a continuación, el dueño del hogar “asaltado” sacó su revólver del .44 y conminó al estudiante a que se quedara quieto (“freeze”); como éste no sabía que la expresión “congelarse” significa “no te muevas o disparo” siguió avanzando hacia el dueño, que apretó el gatillo y le mató. Aunque el incidente tuvo, en principio, poca repercusión en la prensa americana, en Japón este tiroteo causó un gran escándalo; cientos de miles de Japoneses firmaron peticiones solicitando del Gobierno de los Estados Unidos que implantase la prohibición de las armas de fuego y los padres de Hattori anunciaron que empazarían a colaborar con el lobby americano, Handgun Control Inc.

A muchos japoneses, y también a muchos americanos, simplemente les parece incomprensible que los Estados Unidos no hayan impuesto un mayor control sobre las armas de fuego, una cuasi-prohibición en la práctica, según el modelo japonés. El control de armas de fuego en Japón es el más estricto del mundo democrático. Las leyes sobre armas empiezan estipulando “Nadie poseerá un arma de fuego o armas de fuego o una espada o espadas”, y se conceden muy pocas excepciones. La propiedad de armas es minúscula, al igual que los crímenes con armas. En tanto aumentan los crímenes cometidos con armas en otros países, muchos defensores del control de armas instan a que se imite la política sobre la tenencia de armas japonesa.

Pero antes de que otros países, especialmente Estados Unidos, decidan que el modelo de control japonés es la panacea contra la violencia armada, es necesario entender mejor en qué consiste el control de armas en Japón. Exactamente ¿Que tipo de controles sobre armas impone la policía? ¿Cómo encajan los controles en el contexto global de las relaciones entre ciudadanos y Gobierno? Siendo anteriormente una nación violenta, con un gran número de armas ¿Cómo ha podido Japón desarmarse casi por completo y tener esa cifra tan baja de crímenes? ¿Por qué los ciudadanos se someten a controles draconianos cuando en Estados Unidos y en otros países occidentales regulaciones mucho menos estrictas han tenido una resistencia tan intensa? Y ¿Qué efectos han tenido los controles de armas en Japón sobre los suicidios?

II. Posesión de Armas y Crímenes con Armas de Fuego

El único tipo de arma de fuego que un ciudadano japonés puede plantearse comprar es una escopeta. Los deportistas pueden poseer escopetas para caza y tiro al plato, pero solamente después de someterse a un largo proceso para la obtención de la Licencia; sin la cual, una persona ni siquiera tiene autorización para sostener un arma en sus manos.

El proceso de obtención de Licencias es riguroso: el solicitante primero tiene que asistir a clases teóricas y pasar un examen escrito Después tiene que dar clases prácticas seguidas de un examen de tiro. El 95% pasa los exámenes. Después del examen de seguridad, el candidato hace un sencillo test psíquico en un hospital local, que acredita que no padece alguna enfermedad mental fácilmente detectable. El solicitante de la Licencia de Armas deberá presentar un certificado médico a la policía que acredite que está mentalmente sano y no es adicto a las drogas.

La policía investiga los antecedentes del candidato y sus familiares, asegurándose de que ninguno haya cometido ningún crimen. La pertenencia a grupos políticos “agresivos” o activistas descalifican a los solicitantes La policía tiene libertad total para denegar la licencia a cualquier persona por “una causa razonable de sospecha de que sea peligrosa para las vidas de otras personas, propiedades o el orden público”.

Los propietarios de armas están obligados a guardar sus armas en un armero homologado y entregar un plano del apartamento a la policía, que indique la posición del armero. La munición tienen que guardarse en una caja fuerte. Las licencias también permiten al portador comprar algunos miles de cartuchos siendo cada compra registrada.

Los civiles también pueden solicitar licencias para poseer rifles de aire – armas de baja energía que funcionan con dióxido de carbono en lugar de pólvora.

Los civiles nunca pueden poseer armas cortas. Anteriormente, los fusiles de pequeño calibre eran legales, pero en 1971, el Gobierno prohibió las transferencias de rifles. Los actuales poseedores de licencias de rifles pueden seguir teniéndolos, pero los herederos tienen que devolverlos a la policía cuando muera el titular del permiso. En total quedan unas 27.000 licencias de armas largas. Incluso las escopetas y rifles de aire, los dos tipos de armas de fuego legales, están desapareciendo, ya que pocas personas encuentran que merezca la pena pasar por un proceso de concesión de licencias tan agobiante. El número de permisos de escopetas y rifles de aire descendió de 652.000 en 1981 a 493.373 en 1989.

Aunque no hay pena mínima establecida por la posesión de armas de fuego sin permiso, el 81% de las condenas por la posesión ilegal de armas de fuego o espadas son de un año de cárcel o más; quizás porque la mayoría de delitos que involucran armas de fuego son cometidos por criminales profesionales. La pena máxima es de 10 años de cárcel y una multa de un millón de yenes.

Los crímenes con armas de fuego existen, pero en número verdaderamente reducido. En 1989 solamente se cometieron 30 delitos con armas de fuego o rifles de aire. Sin posesión legal de armas cortas por parte de civiles, Japón tiene menos de 200 crímenes violentos cometidos con armas cortas, siendo casi todos de ellos perpetrados por Boryokudan, grupos de delincuentes organizados. La mayoría de los delitos que implican armas de fuego suponen solamente posesión ilegal de armas y no la comisión de otro crimen. Incluyendo los casos de posesión, hay alrededor de 600 delitos con armas cortas al año y 900 crímenes con armas largas. En la postguerra de la Segunda Guerra Mundial, los ex soldados eran la mayor fuente de armas de fuego sin licencia. Hoy en día, las armas de fuego ilegales son introducidas de contrabando (especialmente desde Filipinas y Estados Unidos) a través de bandas criminales que también importan pornografía, drogas e inmigrantes ilegales. Un pequeño número de artesanos se especializa en convertir armas de juguete y decorativas en armas de fuego operativas para uso de los criminales. La policía advierte que la demanda de armas de fuego por parte de los gangsters y el éxito en conseguirlas están aumentando. De todas las armas confiscadas a gángsters en 1960 solamente un 6% correspondía a armas de fuego, pero en 1988 era un 39%. En cambio el número real de armas cortas confiscados por la policía descendió de 1.338 en 1985 a 875 en 1989. El número de armas cortas de juguete reconvertidas incautadas ha caído de 569 en 1985 a 128 en 1989.

Debido a que todavía hay un exiguo número de crímenes cometidos con armas de fuego, la policía incrementa la dificultad en la obtención de licencias de armas. Los cursos, que duran un día completo se realizan una vez al mes. El curso casi siempre obliga al interesado a tener que pedirse un día libre en el trabajo – lo que no está nada bien visto entre los empleadores japoneses-. Se organiza una inspección anual de las armas a conveniencia de la policía, que también requiere tiempo de trabajo. Los permisos deben renovarse cada tres años, con otra jornada completa de curso de seguridad y examen en las dependencias centrales de la policía.

Tokyo es la gran urbe más segura del mundo. Solamente hay 59.000 poseedores de permisos de armas residentes en Tokyo. Por cada millón de habitantes, Tokyo declara 40 robos con violencia al año; Nueva York tiene 11.000. El índice de asesinatos con armas cortas es al menos 200 veces más alto en América que en Japón. La cifra oficial de homicidios en Japón en el año 1988 era de 1,2 casos de homicidio por 100.000 habitantes, mientras que en América era de 8,4 casos de homicidio por 100.000.

Los robos son casi son tan raros como los asesinatos. De hecho, los atracos a mano armada y los homicidios son tan extraordinarios que suelen reportarse en las noticias nacionales. El índice de robos en Japón es de 1,4 por 100,000 habitantes. La cifra declarada en América es 220,9. En Japón nadie duda si tiene que desplazarse a cualquier sitio portando grandes sumas de dinero.

III. Un Estado Policial

La posesión ilegal de armas, al igual que la posesión ilegal de drogas son delitos perseguibles de oficio. Con objeto de perseguir las armas ilegales, a la policía japonesa se le otorga amplio poder para buscarlas e incautarlas. La ley de armas permite a la policía registrar las pertenencias personales si considera que “hay una sospecha razonable de que la persona porta un arma de fuego, una espada o cuchillo” o si cree que “puede poner en peligro la vida o la integridad física de otras personas, interpretando con criterio fundado un comportamiento anormal o cualquier circunstancia del entorno”. Una vez que se encuentra un arma, el policía la puede incautar. Aún cuando posteriormente se detecta que ha sido un error, algunas veces el arma no se devuelve.

En la práctica, no se precisa una ley especial para registrar en busca de armas, ya que la policía comúnmente registra a su antojo. Piden a los sospechosos que les enseñen lo que llevan en sus bolsos o macutos. En los raros casos en que se declara ilegal un registro (búsqueda de armas o mercancía de contrabando) de la policía, apenas importa; los tribunales japoneses permiten el uso de pruebas obtenidas ilegalmente. Independientemente de las normas legales coactivas, los Japoneses, tanto los criminales como los demás ciudadanos, son mucho más proclives a aceptar registros y contestar preguntas de la policía que los americanos.

“Las visitas domiciliarias son una de las obligaciones más importantes de la policía” Según la Agencia Nacional de Policía Japonesa. En visitas bianuales, los oficiales rellenan unas tarjetas de información de residencia sobre quién vive allí y a quién avisar en caso de emergencia, qué relación tienen las personas que viven en la casa entre sí, en qué trabajan, si trabajan hasta tarde, y que tipo de coches poseen. La policía también revisan todas las licencias de armas de fuego para asegurarse que ningún arma de fuego haya sido robada o usado incorrectamente, que el arma está bien guardada y que los poseedores de la licencia son emocionalmente estables.

La estrecha vigilancia de los propietarios de armas de fuego y dueños de casas concuerda con la tradición policial de vigilar las actividades privadas. El informe anual de la Policía incluye estadísticas sobre, por ejemplo, “Origen y motivos de la mala conducta sexual de las chicas”. La policía registró 9.402 de esos incidentes en 1985 y determinó que el 37,4 % de las chicas habían sido seducidas y el resto había practicado sexo de forma “voluntaria”. Las dos razones principales por la que habían practicado sexo voluntariamente era “por curiosidad” para un 19,6 % y “me gustó ese chico” para un 18,1%”. El hecho de que la policía registre este tipo de datos refleja, simplemente, que lo vigilan absolutamente todo, incluidas las armas de fuego. Cada persona es objeto de un dossier policial.

Casi todos aceptan el paradigma de que la policía debe ser respetada. Los japoneses colaboran con sus policías más que los americanos. La cooperación con la policía también se extiende a obedecer las Leyes, en las que todo el mundo cree. Los Japoneses, e incluso la gran mayoría de los criminales japoneses, cumplen con las normas sobre armas de fuego.

No está permitido portar armas en Japón. En la práctica, no existe el derecho a la privacidad contra los registros policiales. Otros derechos propios de Occidente destinados a proteger a los ciudadanos de un excesivo control policial tampoco existen o son muy débiles en Japón.

En caso de detención, un sospechoso puede ser retenido sin fianza hasta 28 días antes de que el fiscal lo lleve delante un juez . Incluso transcurrido el periodo de los 28 días, en Japón puede continuar la detención bajo una variedad de pretextos, como prevenir que el acusado destruya pruebas. El “re-arresto” por otra causa, bekken taihö, es una táctica policial común para retener al sospechoso en un nuevo periodo de interrogaciones de 28 días. Los “re-arrestos” se pueden dar mientras que el sospechoso aún se encuentra retenido en las dependencias policiales por la primera causa. Algunos acusados pueden ser retenidos por varios meses sin que sean llevados ante un juez. Los tribunales aprueban el 99,5 % de las peticiones de detención de los fiscales .

Los abogados defensores son las únicas personas que pueden visitar a un sospechoso bajo custodia y esas reuniones están estrictamente limitadas. En los meses en que un sospechoso está preso, la defensa puede ver a su cliente de una a cinco veces durante alrededor de 15 minutos cada vez, aunque también se pueden limitar estas visitas si interfieren en la investigación policial. Durante el arresto, los sospechosos pueden ser interrogados durante 12 horas al día, les permiten bañarse solamente una vez cada cinco días y puede que se les prohíba levantarse, tumbarse o apoyarse contra la pared de su celda. Amnistía Internacional considera el sistema japonés de custodia “una violación flagrante de los Derechos Humanos”.

La cuota de confesiones es del 95 %. Según un sargento de la policía de Tokyo “Es inútil protestar contra el poder”. A los sospechosos no se les permite leer su confesión antes de firmarla y suelen quejarse de que sus confesiones han sido modificadas después de haberlas firmado. La policía utiliza las confesiones como su principal técnica de investigación y cuando falla pueden frustrarse y tornarse violentos. La Asociación Japonesa de Abogados afirma que la policía rutinariamente “utiliza la tortura o tratamientos ilegales”. La abogacía de Tokyo se muestra particularmente crítica con respecto a la magistratura por su casi inexistente interés en la coacción policial durante los interrogatorios. “Incluso en los casos en que los sospechosos han alegado que han sido torturados y sus cuerpos mostraban evidencias físicas que apoyaban sus acusaciones, los tribunales han aceptado las confesiones”.

En Japón, el sistema legal es una omnipotente y unidireccional muestra de la autoridad de Estado. Todos los administradores de la fuerza legal en Japón son nombrados por la Agencia de Policía Nacional (NPA), y reciben su paga de la NPA. De ahí que, la policía esté aislada de las reclamaciones y demandas de los políticos y ciudadanos . Apenas existe un control sobre el poder del Estado, excepto su propia autolimitación

¿Qué tiene que ver la amplitud de los poderes de la policía con el control de las armas de fuego? El control de armas en Japón existe en una sociedad en la que es pequeña la necesidad de armas para autodefensa. Los poderes de la policía hacen dificultoso para los dueños de armas ilegales ocultarlas. Más importante, el sistema de justicia criminal japonés está basado en que el Gobierno posee la inherente autoridad para actuar casi sin restricciones. En la sociedad donde casi todos aceptan la superioridad del poder del Estado, el pueblo no desea poseer armas para resistir la opresión o para autodefenderse en el caso de que el sistema judicial falle.

La intensa autoridad policial es una razón de que el sistema de control de armas funcione. Otra razón es que Japón no tiene una cultura de posesión de armas de fuego por los civiles.

IV. Una Historia de desarme civil.

El difunto historiador Richard Hofstadter rechazó la idea de que el pasado violento de América pudiera explicar la presente cultura de afinidad con las armas. Por contra, señaló que Japón también ha tenido un pasado violento, pero ha conseguido dominar esas pasiones y ha evolucionado hacia un pacífico estado libre de armas. Pero el pasado japonés, aunque violento, no puso los cimientos para una cultura de presencia de las armas en la sociedad civil. Las armas siempre fueron, y continúan siendo, la marca del gobernante, no del gobernado.

A. Maestros Fabricantes de Armas de Fuego

Las armas de fuego llegaron a Japón con los primeros barcos mercantes desde Portugal en 1542 ó 1543. Convencidos de la superioridad de la civilización japonesa, los japoneses apodaron a los visitantes occidentales namban, “Bárbaros del Sur”. Los portugueses desembarcaron en Tanegashima. Un día, el comerciante portugués Méndez Pinto se llevó a Totitaka, el Señor de Tanegashima, de paseo; el comerciante cazó un pato con su arcabuz. El Señor de Tanegashima hizo inmediatamente gestiones para recibir clases de tiro, y al cabo de un mes compró las dos escopetas portuguesas, o Tanegashima ,como los japoneses pronto las llamaron.

Las Tanegashima pronto sedujeron a los señores de la guerra japoneses. La novedad de los mosquetes constituyó la razón principal por la que los portugueses fueron bien tratados. El Señor Oda Nobunaga dijo que “las armas de fuego se han convertido en el último grito.. pero yo intento convertir la lanza en el arma de la que dependa la suerte de la batalla”. A Nobunaga le preocupaba el largo tiempo necesario para situar un arma en condición de disparo y lo débil de la energía del proyectil. Las armas de fuego portuguesas, entre las mejores de su tiempo, tenían llaves de mecha, y el tiempo lluvioso japonés hacía este sistema poco fiable.

A pesar de algunos problemas iniciales, los japoneses rápidamente mejoraron técnicamente las armas de fuego. Desarrollaron un dispositivo para que funcionaran las llaves de mecha bajo la lluvia, refinaron el gatillo y el muelle de la llave de mecha, desarrollaron la técnica de tiro por descargas cerradas y aumentaron el calibre de los arcabuces.

Tanto los árabes como los hindúes o los chinos habían adquirido armas de fuego mucho antes de que lo hicieran los japoneses. Pero sólo los japoneses llegaron a dominar la fabricación a gran escala en la industria nacional. En 1560, solamente 17 años después de haber sido introducidas en Japón, las armas de fuego se utilizaban de forma eficaz en grandes batallas. Ese año, una bala mató a un general protegido por armadura completa. En 1567, el Señor Takeda Harunobu declaró “A partir de ahora, las armas de fuego serán las armas más importantes”. Tenía razón. Menos de tres décadas después de que Japón hubiese visto por primera vez un arma de fuego, había más arcabuces en Japón que en cualquier otro país del mundo. Varios señores de la guerra japoneses poseían más armas de fuego que todo el ejército del Rey de Inglaterra.

Fue el ejercito del Señor Oda Nobunaga, anteriormente crítico con las llaves de mecha portuguesas, el que realmente dominó la nueva tecnología de las armas de fuego. En Nagashino en 1575, 3.000 reclutas campesino de Nobunaga armados con mosquetes y protegidos detrás de estacas de madera, asolaron las cargas de la caballería enemiga. No había honor en este tipo de lucha, pero era efectiva. Durante siglos, las guerras feudales entre ejércitos de caballeros samuráis habían hecho estragos. Nobunaga y su ejército de campesinos, equipados con mosquetes, conquistaron la mayor parte de Japón y contribuyeron al fin de las guerras feudales.

Las armas de fuego cambiaron la naturaleza de la guerra de forma drástica. Antaño, tras los alardes y las presentaciones, los guerreros se enfrentaban en combates singulares, un método de lucha apto para el lucimiento del heroísmo individual. Los samuráis, protegidos con armaduras y altamente entrenados, tenían todas las ventajas; pero con armas de fuego, los soldados no profesionales podían ser desplegados en masa y destrozar a los acorazados caballeros. De forma comprensible, la clase noble bushi consideraba las armas de fuego indignas. Incluso el Señor Nobunaga rechazó personalmente utilizarlas, e incluía a guerreros samuráis en su ejército. Los soldados que se convertían en héroes seguían siendo los que utilizaban espadas o lanzas.

B. La Caza de Espadas

Pero mientras Japón ganaba en superioridad tecina en fabricación de armas de fuego y táctica guerrera, también se acercaba a la fecha en que éstas desaparecerían de la sociedad. El artífice, a la vez de las mayores victorias y de la abolición de las armas de fuego en Japón, sería un campesino llamado Hideyoshi. Siendo mozo de cuadra del Señor Nobunaga, Hideyoshi fue escalando peldaños hasta hacerse con el mando del ejército de Nobunaga después de su muerte. Hideyoshi, un brillante estratega, terminó el trabajo que Nobunaga había empezado y reunificó los estados feudales japoneses bajo un poderoso gobierno central.

Tras haber vencido a los díscolos japoneses, Hidéyoshi quería mantenerlos bajo control. El 29 de agosto de 1588, Hideyoshi anunció “La Caza de Espadas” (taiko no katanagari) y prohibió a las clases bajas la posesión de espadas y armas de fuego. Declaró:

“Los campesinos tienen terminantemente prohibido poseer espadas, dagas, arcos, lanzas, armas de fuego u otras armas. La posesión de estos elementos innecesarios dificulta la recaudación de impuestos y tiende a fomentar revueltas… Por consiguiente, se ordena a los Jefes de provincias, agentes del gobierno y adjuntos que reúnan todas las armas anteriormente mencionadas y las entreguen al Gobierno.”

A pesar de que las intenciones del decreto de Hideyoshi eran evidentes, la Caza de las Espadas fue presentada ante el pueblo con el pretexto de que todas las espadas serían fundidas para fabricar los clavos para un templo que contendría una enorme estatua de Buda. La estatua sería el doble de grande que la estatua de la Libertad. La Carta Anual de los Jesuitas decía que “está privando a las personas de sus armas bajo el pretexto de devoción religiosa "Una vez que se habían recogido las espadas y armas de fuego, Hidéyoshi las fundió e hizo una estatua de sí mismo.

El historiador Stephen Turnbull escribe:

“Los recursos de Hidéyoshi eran tales que el edicto se cumplió a rajatabla. De esta forma se cercenó la creciente movilidad social de los campesinos. Los ikki, los monjes guerreros, se convirtieron en figuras del pasado... Hidéyoshi había privado a los campesinos de sus armas. Fue entonces cuando Ieyasu (el siguiente gobernador), les privó de su dignidad. Si un campesino ofendía a un samurái podía morir bajo la espada de éste en el mismo instante”.

Habiendo afirmado el estatus inferior del campesinado con el desarme civil, los samurái gozaban del kiri-sute gomen, permiso para matar y marcharse. Cualquier miembro irrespetuoso de la clase baja podía ser ejecutado de inmediato por la espada del samurái.

Hideyoshi prohibió a los campesinos marcharse de sus tierras sin el permiso de sus superiores y exigía que todos, soldados, campesinos y comerciantes, continuasen en los trabajos que venían desarrollando. Tras la muerte de Hideyoshi, Ieyasu fundó el Shogunato Tokugawa, que gobernaría Japón durante los siguientes dos siglos y medio. Los campesinos fueron encuadrados en los “grupos de cinco” encabezados por propietarios rurales que eran responsables del comportamiento del conjunto. Los grupos concertaban matrimonios, resolvían disputas, mantenían la ortodoxia religiosa y hacían cumplir los reglamentos que prohibían a los campesinos poseer armas de fuego o espadas. Las leyes de armas aclaraban y estabilizaban la distinción entre clases: los samurái tenían espadas; los campesinos no.

La abolición total de las armas de fuego nunca se realizó mediante un decreto formal. Hideyoshi había dado el primer paso desarmando a los campesinos. En 1607, el Shogunato de Tokugawa dió el segundo paso dictando la orden de que toda la producción de armas de fuego y pólvora se realizara en Nagahama. Hacía falta un permiso del Gobierno central para entrar en el negocio. En teoría, los armeros podían servir cualquier pedido que les hicieran, siempre y cuando tuviesen permiso del Teppo Bugyo (comisionario de armas de fuego). En la práctica, casi ningún pedido, excepto los del Gobierno, obtenía ese permiso.

Los armeros, que se morían de hambre por falta de trabajo, se escabullían de Nagahama. Algunos se fueron a trabajar para los herederos del Señor Tokitaka's en la isla de Tanegashima, allí donde llegaron las armas de fuego por primera vez a Japón. En 1609, el Gobierno obligó a volver a los armeros a Nagahama. Esta vez, recibirían una compensación anual, independientemente de la fabricación o no de armas, siempre y cuando se permaneciesen tranquilos y se dejaran vigilar por el Gobierno.

Las pensiones eran bajas y la ética del trabajo fuerte. Muchos armeros se pasaron a la fabricación de espadas. El Gobierno recompensaba a los otros armeros pagándoles precios cada vez más altos por pequeños pedidos de armas de fuego. Para 1625 el monopolio del Gobierno estaba asegurado. Había cuatro familias de maestros armeros y cuarenta familias de armeros subordinadas a ellas. El Gobierno encargaba 387 mosquetes de llave de mecha al año e incluso redujo sus pedidos en 1706. Finalmente, el número de armeros menguó a quince familias que se mantenían con los pedidos de reparación del Gobierno.

El historiador Noel Perrin ofrece cinco razones acerca de por qué Japón fue capaz de renunciar a las armas de fuego mientras que Europa no lo logró, a pesar del feroz rechazo de la aristocracia europea a las nuevas armas. En primer lugar, los nobles guerreros samurái que odiaban las armas de fuego, suponían entre el 6 y el 10% de la población, a diferencia de Europa donde la clase noble no superaba el 1%. En Japón, la nobleza simplemente tenía mayor peso demográfico. En segundo lugar, Japón era difícil de invadir y los japoneses consideraban que las espadas y los arcos eran suficientes para la defensa nacional. Las invasiones eran poco probables: 100 millas separan a Japón de Corea; 500 distancian a Japón de China. En tercer lugar, Perrin hace notar la especial simbiosis del guerrero japonés con su espada. Las armas de fuego restaban valor en combate a las espadas, por lo que una política que protegía a las espadas, eliminando a las armas de fuego, estaba destinada a ser popular, al menos en las clases que tenían derecho a portarlas.

Aclamada como el “alma del samurái”, la espada era la personificación del honor aristocrático y de la propia alma. Cuando la fabricación de armas de fuego aún era legal y el Gobierno decidió honrar a los cuatro principales armeros, les obsequió con espadas. El culto a la espada persistió hasta la Segunda Guerra Mundial cuando los oficiales japoneses arrastraban sus engorrosas katanas por la jungla del sudeste Asiático. Incluso hoy en día, la espada es una fuente habitual de metáfora japonesa; el comportamiento indulgente con uno mismo se llama “el óxido de mi cuerpo” identificando su propio cuerpo con una espada. La cuarta razón que cita Perrin del éxito al eliminar las armas de fuego era una reacción generalizada contra las influencias externas, particularmente cristianas. A pesar de que las armas de fuego hechas en Japón eran las mejores del mundo, seguían siendo un símbolo de la tecnología occidental. Finalmente, escribe Perrin, en una sociedad donde prima la estética, las espadas eran valoradas por su gran belleza plástica.

El sociólogo William Tonso añade una razón más de por qué en Japón se consideró a las armas de fuego innecesarias: no abundaban las piezas de caza mayor.

La abolición de las armas de fuego y el abandono de expediciones militares eran sólo dos de los componentes de la política sakoku de aislamiento del mundo y la exaltación de “lo japonés”. La política funcionó. Edwin O. Reischauer, el principal historiador americano sobre Japón escribe: “El pueblo peleón y belicoso del Japón del siglo XVI se fue trasformando gradualmente en un pueblo extremadamente ordenado, incluso dócil... En ninguna otra parte del mundo las clases sociales guardaban el apropiado decoro más rigurosamente y en ninguna otra parte había tan poca violencia física en la vida cotidiana. Cuando el Comodoro Perry y sus “Barcos Negros” llegaron en 1853, Japón solamente estaba por detrás en tecnología. Un oficial de la flota de Comodoro Perry dijo “Este pueblo apenas parecía conocer el uso de las armas de fuego” Japón había logrado crear una sociedad más armoniosa y pacífica de lo que cualquier otra nación occidental hubiera alcanzado antes, o desde entonces”.

Es cierto que los japoneses pagaron un precio muy alto por su paz y orden. La libertad era un concepto ajeno, y la movilidad entre clases se extinguió. De hecho, tal como destaca Turnbull, la caza de espadas y armas de fuego de Hideyoshi marcó el fin de la libertad social en Japón. La abolición de armas de fuego probablemente no hubiese tenido éxito si Japón hubiese tenido una economía de libre mercado o un sistema político liberal. Los japoneses sacrificaron su libertad económica y personal, a cambio de librarse de los sangrientos conflictos que arrasaron el mundo occidental.

C. La Carrera hacia el Militarismo

A pesar de que Japón había vivido felizmente sin armas de fuego, militarismo, o influencias extranjeras, la llegada del Comodoro Perry conmovió a la nación profundamente. Los japoneses se dieron cuenta de que, por más que su sociedad era armoniosa, se encontraban a siglos de distancia de la tecnología occidental y, al igual que China, en un inminente peligro de ser colonizados. El Gobierno intentó reforzarse adoptando la tecnología militar occidental y enviando misiones al extranjero para aprender sobre Occidente.

Bajo el gobierno de Hideyoshi, los campesinos habían perdido su fuerza política y con ella el privilegio de poseer armas. Cuando la aristocracia misma perdió su poder político durante el periodo Meiji, también perdió su derecho a portar armas. En 1876, el Gobierno prohibió a los samurái llevar sus dos espadas. Al año siguiente, 40.000 samuráis tradicionalistas se levantaron en la rebelión de Satsuma, dirigidos por los Shimpuren (“La liga del Viento de Dios”). Rechazaron la oportunidad de utilizar mosquetes importados y lucharon con espadas, siendo batidos por el ejército de reclutas campesinos que utilizaron armas de fuego.

El nuevo gobierno japonés se embarcó en un rápido programa de industrialización, que incluía el desarrollo de una industria armamentística autosuficiente.

A principios del Siglo XX, los controles sobre las armas de fuego se relajaron un poco. Tokio y otros importantes puertos obtuvieron el permiso de tener cinco armerías cada uno, otras prefecturas, tres. Se permitieron ventas de armas con un permiso de la policía y el registro de cada transacción. No obstante, la cantidad de revólveres en manos de particulares era “prácticamente nula” según un observador americano.

En los años 20 y 30, los militares paulatinamente ganaron el control sobre la vida civil. Sonoda explica: “El ejército y la marina eran organizaciones enormes, que tenían el monopolio sobre la violencia física. No había ninguna fuerza en Japón que pudiera ofrecer resistencia alguna”. Los años 30 degeneraron en un período horrible de gobierno por asesinato, al intentar las facciones militares destruirse entre sí y al asesinar los militaristas a los opositores. A pesar de las estrictas leyes de control de armas de fuego, la frecuencia de los asesinatos sobrepasó con creces cualquier cosa que se hubiese visto en Europa o Norte de América en el siglo XX.

Durante los shogunatos de Hidéyoshi y de Tokugawa, los estrictos controles de armas de fuego triunfaron en Japón porque concordaban con las necesidades del momento de la sociedad japonesa. Hoy en día, la política de control de armas de fuego sigue resultando porque cuadra con la impronta inducida en la sociedad japonesa.

V. La Preferencia por el Paternalismo

El historiador japonés, Nobutaka Ike, ve en el Japón moderno una “preferencia por el paternalismo”. Un historiador americano escribe: “Nunca conquistado o sometido (excepto durante la ocupación de MacArthur), no fueron conscientes de la naturaleza relativamente falible de la autoridad”. La autoridad era algo que se daba por sentado como una parte inalterable del orden natural. Un historiador de la Universidad de Tokyo describe “una asunción de que el Estado es una entidad anterior y autojustificante, suficiente por sí misma. Esto lleva a la creencia de que...las necesidades del Estado deberían tener prioridad sobre los objetivos de individuos y asociaciones...”

Los diferentes significados de la frase “valor de ley” subrayan el contraste entre los puntos de vista americano y japonés sobre la autoridad. En América, dice Noriho Urabe, “valor de ley” expresa la subordinación del Gobierno a la ley. En Japón, “valor de ley” se refiere a la obligación de las personas a obedecer al Gobierno, y así supone “una ideología para legitimizar la dominación”.

Los deseos individuales de los japoneses son “absorbidos en el interés del colectivo al que pertenece”, ya sea ese colectivo la nación, la escuela o la familia. No existe ninguna teoría de “contrato social” y ninguna teoría que diga que los derechos individuales tienen preeminencia preexistencia sobre la sociedad. Las sanciones más fuertes consisten en la exclusión de la comunidad. Cuando los padres japoneses castigan a sus hijos, no les obligan a quedarse en casa como hacen los padres americanos; el castigo para un niño japonés es sacarlo fuera. La sublimación de los deseos individuales, la presión social para conformarse y la voluntad interiorizada de hacerlo así es mucho más fuerte en Japón que en América.

Más que el control de armas de fuego, más que la falta de garantías en los procedimientos criminales, más que la autoridad policial, lo que mejor explica los bajos índices de criminalidad son los fuertes controles sociales en Japón. Otras naciones, como la antigua Unión Soviética, han tenido severas restricciones para las armas de fuego, menores garantías procesales y fuerzas policiales con menos restricciones operativas que en Japón. Pero los índices de criminalidad eran altos y en Japón minúsculos; porque Japón tiene restricciones sobre el comportamiento individual socialmente aceptadas e interiorizadas que les faltaban a los Soviéticos. Mientras que los controles sociales se relajaban y aumentaban los índices de delincuencia en todos los países de habla inglesa en los años 60, los controles sociales en Japón se mantenían, y caían los niveles de criminalidad.

Los japoneses aceptan la autoridad de su policía y confían en su gobierno más que los ciudadanos de cualquier otra democracia. En este contexto cultural es fácil entender porqué las restricciones al acceso a las armas de fuego han tenido éxito en Japón. Los ciudadanos aceptan el control sobre las armas de fuego con la misma facilidad que aceptan otras imposiciones gubernamentales. Además, tienen pocos incentivos para desobedecer, ya que apenas tienen ninguna herencia cultural de posesión privada de armas.

VI. Un Gobierno desarmado

El Gobierno Japonés fomenta un clima social para el control de armas de fuego con el buen ejemplo de desarmarse a si mismo. La policía tiene poco interés en utilizar o dar glamour a las armas de fuego. Cuando se creó la Agencia Nacional de Policía a finales del Siglo XIX, muchos miembros eran antiguos samuráis que se habían quedado sin empleo debido a la abolición del feudalismo. Por supuesto ellos creyeron que las armas de fuego eran para cobardes y que los hombres de verdad empleaban las artes marciales para luchar. De hecho, la policía japonesa tan sólo adoptó armas de fuego cuando se vieron obligados a hacerlo en 1946 por el General MacArthur. Dos años más tarde, cuando las fuerzas de ocupación americanas se dieron cuenta de que pocos oficiales de la policía habían obedecido la orden de armarse, los americanos suministraron a la policía armas de fuego y municiones.

Los policías solamente tienen revólveres del calibre 38 Spl., no disponen de las armas cortas de 9mm. de gran capacidad que frecuentemente utilizan los americanos. Ningún oficial llevaría un segundo revolver de reserva como suelen hacer tantos policías americanos. Los policías no pueden añadir toques personales como cachas de nácar o pistoleras especiales para customizar sus armas. Mientras que los policías americanos muchas veces son obligados a llevar armas fuera de horario de trabajo, y casi siempre se les permite si lo solicitan (incluso si ya están jubilados), los policías japoneses siempre tienen que dejar sus armas en la comisaría. Al contrario que en los Estados Unidos, los policías que trabajan en administración, los de tráfico, la mayoría de los investigadores de paisano e incluso los policías antidisturbios, no llevan armas.

En lugar de utilizar armas de fuego, la policía confía en su alto nivel de formación en judo, o en sus porras. De hecho, en el entrenamiento de los policías se dedican 60 horas de formación a las armas de fuego, en comparación con las 90 horas del judo y otras 90 en kendo (lucha con bastones). El número de horas que los reclutas policiales emplean en clases de tiro es mayor que el que recibe la mayoría de sus homólogos americanos. Que los japoneses sean formados tan a conciencia en el uso de un arma que se supone utilizarán solamente en las más extraordinarias circunstancias da fe del acercamiento extremadamente cauteloso de los policías japoneses a las armas de fuego. Tras pasar por la academia, pocos agentes muestran interés alguno en continuar con clases de tiro, mientras que sí es frecuente continuar con entrenamientos de judo y kendo. Los concursos anuales de artes marciales de la policía son acontecimientos importantes. El 60 % de los primeros puestos en las distintas categorías de judo son ocupadas por oficiales de policía. En cambio, muchos policías americanos, cuando se enfrentan a ataques mortales, no conocen técnicas de combate que puedan utilizar, excepto el uso de las armas de fuego. La gran dependencia de las armas de fuego por parte de los policías sirve, intencionadamente o no, para legitimizar una actitud similar en el resto de la población.

La cultura oficial de la policía japonesa disuade del uso de las pistolas. Un cartel en las paredes de las comisarias recuerda: “No desenfundes, no pongas el dedo en el gatillo, no apuntes a personas”. Disparar a un delincuente que está huyendo está prohibido por ley en cualquier circunstancia. Tanto policías como civiles son castigados por cualquier acto de defensa propia en la cual el daño provocado es mayor que el daño evitado. En un año normal, las fuerzas policiales de Tokio, en su totalidad, solamente disparan alrededor de media docena de veces.

Estando la policía desarmada, los criminales les corresponden. A pesar de que las armas de fuego están disponibles en el mercado negro, se usan poco en los crímenes. La policía antidisturbios deja sus armas en la comisaría y las masas de estudiantes furiosos que se enfrentan a la policía antidisturbios también prescinden de armas modernas. En vez de eso, las dos partes estudian tácticas militares medievales, empleando formaciones compactas de personas. Por un breve tiempo a principio de los 70, algunos manifestantes quebrantaron las reglas no escritas, lanzando cócteles molotov y usando pistolas artesanales. La policía antidisturbios aumentó sus protecciones, pero siguió prescindiendo de las armas de fuego. En 1972, los estudiantes radicales volvieron a comportarse según el “código de honor” y las armas de fuego desaparecieron.

El criminólogo David Bayley, defensor de controles de armas de fuego más estrictos en América, sugiere que la actitud de los policías americanos hacia las armas hace imposible que se consigan controlar las armas de fuego. Mientras que la policía esté armada, dice Bayley, envían el mensaje implícito de que los confrontamientos armados son la norma, y que los disparos por parte de oficiales de la policía, aunque lamentables, no son nada extraordinarios.

El modelo de desarme gubernamental se repite en todos los ámbitos de la sociedad japonesa. Los militares apenas existen. El rechazo en Japón hacia el militarismo es otro buen ejemplo tanto para el control de armas, como para la no-violencia en general. La falta de involucración en guerras extranjeras, en siglos anteriores y hoy en día, puede ser un factor importante de la cultura japonesa de conformidad y no-criminalidad.

VII. Suicidio.

La experiencia japonesa no parece sostener la hipótesis que menos armas de fuego significan menos suicidios. Mientras que la cuota de suicidios con armas de fuego en Japón es de 1 contra 50 en comparación con América, la cuota general de suicidios es casi el doble que en América. Los suicidios de adolescentes son un 30 % más frecuentes en Japón que en América. En Japón cada día se suicidan dos japoneses menores de 20 años.

Japón también padece suicidios dobles o múltiples, shinju. Los padres dispuestos a suicidarse se llevan consigo a sus hijos (oyako-shinju) a razón de uno al día. De hecho, el 17 % de todas las muertes oficialmente declaradas como homicidios en Japón, son niños asesinados por sus padres suicidas. Una de las razones por las que el índice oficial de homicidios en Japón es tan bajo es porque, si una mujer japonesa degüella a sus hijos y luego se suicida, las estadísticas policiales algunas veces lo registran como un suicidio familiar, más que como un asesinato. Las estrechas estructuras familiares en Japón que mantienen los índices generales de criminalidad bajos, pueden ser un regalo envenenado.

Entre las muchas razones sugeridas por los investigadores para los altos niveles de suicidios en Japón, una de las más sorprendentes es el control de armas. Los estudiantes Japoneses Mamon Iga y Kichinosuke Tatai argumentan que una razón por la cual Japón tiene el problema de los suicidios puede encontrarse en los sentimientos de inseguridad y falta de empatía. Remontan la falta de empatía a un “terror al poder”. Ese terror es causado en parte por la conciencia pública de que una persona no puede ayudar ni ser ayudadado por nadie para que le proteja contra la violencia o la autoridad. El miedo al poder tiene el origen, en parte, en la prohibición de poseer armas para la defensa propia.

Dicho de otra forma, la prohibición de las armas de fuego forma parte de una cultura que subordina los indivíduos a la sociedad. Cuando el indivíduo se da cuenta que no cumple las expectativas sociales, la autodestrucción puede parecer la única salida, ya que en un conflicto entre el indivíduo y la sociedad, la sociedad siempre tiene razón. Es interesante observar que los índices generales de muertes violentas (contando tanto asesinatos como suicidios) son casi iguales en muchos de los países desarrollados. Estados Unidos tiene un índice de asesinatos muy alto, pero un índice de suicidios relativamente bajo. Japón y Suiza tienen índices muy bajos de asesinatos, pero el doble de suicidios que Estados Unidos.

VIII. Conclusión.

La idea de que las leyes de armas japonesas sirvan de modelo para otros países no es insólita. Algunos americanos proponen leyes incluso más severas que en Japón. Muchas veces, la sugerencia aparece como un comentario brusco en un periódico, pero incluso cuando la propuesta parte de estudiosos del problema, el razonamiento muchas veces es superficial y poco convincente.

L. Craig Parker, un experto americano en policía japonesa, propone que los Estados Unidos adopten el sistema de control de armas japonés así como otras estrategias japonesas como la Agencia Nacional de Policía. No obstante, el breve discurso de Parker sobre armas de fuego, simplemente recita estadísticas que muestran que Japón tiene menos armas de fuego y menos crímenes con armas de fuego. Su único indicio de que el control de armas realmente reduciría el crimen en América es un estudio del Dr. Leonard Berkowitz que argumenta que las armas de fuego causan agresividad. De hecho, lo que los estudios de Berkowitz y otros mostraron es que las personas se enfrentaban a otras personas de forma más agresiva si asociaba a la otra persona con armas, por ejemplo, los motoristas reaccionaban de forma más agresiva hacia otros vehículos que tardaban en arrancar en un semáforo si el coche lento llevaba una pegatina grosera en el parachoques o un rifle en un soporte de armas de fuego.

Resumiendo las perspectivas de muchos partidarios de prohibir las armas de fuego, un periodista japonés escribe, “Para mi es obvio que hay una correlación inconfundible entre las leyes de control de armas y el índice de crímenes violentos. Cuanto menos armas de fuego, menos violencia". Pero esta afirmación es evidentemente falsa: en los años 40, 50 y principios de los 80, los índices de criminalidad y homicidios en EEUU bajaron, mientras que en estos períodos la propiedad de armas de fuego per capita, especialmente de armas cortas, aumentó. Y Japón, con estrictos controles de armas de fuego, no tiene menos asesinatos que Suiza, uno de los países con más armas per cápita del mundo.

El control de armas de fuego en Japón juega un papel importante en el bajo índice de criminalidad, pero no es debido a una simple relación entre el número de armas de fuego y crímenes. El control de armas es una parte inseparable de un inmenso mosaico de control social. El control de armas de fuego subraya el convincente motivo cultural de que el individuo está subordinado a la sociedad y al Gobierno. Esto se refleja en la ausencia de protección ante registros y acusaciones. La policía es la más eficaz del mundo, en parte por la falta de limitaciones legales y particularmente por su autoridad social.

Los elementos socializadores, empezando por los padres, hasta llegar al estado, crean unas condiciones estrictas para obedecer las leyes. El desarme voluntario del Estado japonés refuerza el prohibicionismo sobre las armas de fuego. Homogeneidad étnica e igualdad económica eliminan algunas causas de fricción social.

Dicho de forma sencilla, los japoneses están entre los pueblos más respetuosos de la Ley del mundo. El índice de robos no armados en América es 70 veces superior al de Japón, lo que indica que algo más significativo que la política de armas de fuego está implícito en los índices de criminalidad tan diferentes entre los dos países. Ni los presos japoneses ni los americanos tienen armas de fuego, pero frecuentemente hay homicidios causados por reclusos y ataques a los guardias en prisiones americanas y casi nunca en prisiones japonesas. Otro indicio de que las pautas sociales importan más que las leyes restrictivas de armas de fuego es que entre los nipón-americanos, que han tenido acceso a armas de fuego, hay un índice de crímenes violentos más bajo que en Japón.

Como cuestión general, la policía no precisa de muchos esfuerzos porque los japoneses obedecen voluntariamente. Los japoneses están de acuerdo en que el control de armas de fuego les protege de forma eficaz. Siempre ha habido y sigue habiendo poca necesidad de armas para defensa propia.

Incluso si hubiese resistencia al control de armas de fuego, sería relativamente fácil imponerlo en Japón. Los amplios poderes que tiene la policía para registrar e incautar de forma arbitraria son esenciales para ello, y también ayudaría el hecho de que Japón sea una isla, lo que hace que el control del contrabando de drogas o armas de fuego sea más fácil que en los Estados Unidos. Las existencias de armas de fuego en poder de civiles siempre han sido pequeñas. De ahí que el desarme civil fuese fácil de imponer. En Japón, la policía establece un récord si confisca 1.767 armas cortas de gánsters en un año. No es infrecuente que ese número de armas cortas ilegales se incauten en una sola ciudad americana en ese mismo período. Algunos de los grupos de turistas japoneses en Hawaii son llevados a clubes locales de armas para que puedan hacer algo que nunca antes han experimentado: ver, empuñar y disparar un arma real.

Resumiento, mientras que muchas personas pueden admirar la casi prohibición de armas de fuego en Japón, no necesariamente es cierto que otros países, como los Estados Unidos, puedan fácilmente copiar el modelo japonés. Las leyes de armas japonesas surgen de una cultura basada en la sumisión voluntaria a la autoridad, una norma cultural que no necesariamente se repite en las democracias occidentales.


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